Allí
estabas, de pie, recién levantada y despeinada. Ronroneaste al verme
mientras venías hacia el sofá. Te sentaste en él y me abrazaste
por la cintura, apoyando tu cabeza sobre mi esternón. Vestías un
pijama, compuesto por una camiseta vieja y unos leggins naranjas. Yo
llevaba puesta tu camisa del día anterior, varias tallas más grande
que la mía; tuviste que admitir que me quedaba mejor que a ti. Me
besaste sonriendo, y no hablo de un pico como los que
se dan las parejas al verse, no, yo pude
notar tu calor, tus ansias, tu felicidad y tu delicadez ante mí,
como una leve caricia rozando mis labios.
Al cabo de un rato fuiste a la cocina. Ibas dejando una estela de ese fuerte olor a café recién hecho tras de ti por toda la casa. Normalmente no me gusta el café pero quedaba tan bien contigo...
Al cabo de un rato fuiste a la cocina. Ibas dejando una estela de ese fuerte olor a café recién hecho tras de ti por toda la casa. Normalmente no me gusta el café pero quedaba tan bien contigo...
En
ese tranquilo momento no
pude evitar cerrar los ojos y soñar despierta... deseaba que hoy
fuera viernes; o el día en el que nuestras manos se juntaron por
primera vez. Quería ir contigo a pasear esta noche, tomar el limón
directamente de entre tus dientes y que la sal fueran tus ojos que
curan mis heridas. O seguir en pijama y acurrucarnos en el sofá
viendo los
últimos
episodios
de Doctor Who o
Big Bang Theory.
Que lloviese para
poder abrir las ventanas y que entrase el olor a hierba mojada o,
¿por qué no?, salir al balcón a bailar bajo ésta. Cocinar
ensuciándonos,
abrazándonos por
la espalda, y acabar cenando pizza, con mucha cebolla y orégano como
a ti te gusta,
como si no hubiera un
mañana...
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