jueves, 22 de octubre de 2015

Un beso recién hecho y un café

Allí estabas, de pie, recién levantada y despeinada. Ronroneaste al verme mientras venías hacia el sofá. Te sentaste en él y me abrazaste por la cintura, apoyando tu cabeza sobre mi esternón. Vestías un pijama, compuesto por una camiseta vieja y unos leggins naranjas. Yo llevaba puesta tu camisa del día anterior, varias tallas más grande que la mía; tuviste que admitir que me quedaba mejor que a ti. Me besaste sonriendo, y no hablo de un pico como los que se dan las parejas al verse, no, yo pude notar tu calor, tus ansias, tu felicidad y tu delicadez ante mí, como una leve caricia rozando mis labios.
Al cabo de un rato fuiste a la cocina. Ibas dejando
una estela de ese fuerte olor a café recién hecho tras de ti por toda la casa. Normalmente no me gusta el café pero quedaba tan bien contigo...

En ese tranquilo momento no pude evitar cerrar los ojos y soñar despierta... deseaba que hoy fuera viernes; o el día en el que nuestras manos se juntaron por primera vez. Quería ir contigo a pasear esta noche, tomar el limón directamente de entre tus dientes y que la sal fueran tus ojos que curan mis heridas. O seguir en pijama y acurrucarnos en el sofá viendo los últimos episodios de Doctor Who o Big Bang Theory. Que lloviese para poder abrir las ventanas y que entrase el olor a hierba mojada o, ¿por qué no?, salir al balcón a bailar bajo ésta. Cocinar ensuciándonos, abrazándonos por la espalda, y acabar cenando pizza, con mucha cebolla y orégano como a ti te gusta, como si no hubiera un mañana...

lunes, 19 de octubre de 2015

Ya era tarde

Llegué tarde. Iba a recogerla en las estación de Sants y tuvo que esperarme sentada con sus maletas un cuarto de hora. Me dio mucha vergüenza. No era la primera vez que íbamos a vernos después de chatear tanto en la distancia, pero lo parecía. Los dos sabíamos que todo sería distinto esta vez.
Recuerdo su mirada ardiente, el abrazo cálido que me dio nada más verme, su sonrisa estallando de alegría de oreja a oreja mostrándome sus dientes que tan acomplejada la tenían. Seguía avergonzado pero me sentía bien estando a su lado, no había nada que temer.

Le dí la mano y recogí una de sus maletas. Ella se quedó con una pequeña mochila que cargaba en su hombro con todos sus cacharros de fotografía que tan feliz la hacían. Sólo iba a estar en Barcelona durante dos días porque tenía que volver a Toledo por temas de trabajo. Quería exprimirla a besos, hacerla mía y sólo mía hasta el último segundo de su estancia.

Fuimos directos al hotel, a las afueras de la ciudad, para que pudiese darse una ducha. Ojalá hubiese entrado yo con con ella... Al salir me preguntó que si mañana podría enseñarle Barna y me dijo que me invitaría a comer para recompensarme por el esfuerzo. No pude decir que no a una oferta tan buena. Conocía pequeños rincones de la ciudad que le hubiesen gustado mucho.

Recuerdo... -me empieza a faltar el aire- recuerdo que cuando por fin nos vestimos era ya de noche, había una luna llena que empezaba a subir y se reflejaba en su pupila cada vez que ella la miraba y me abrazaba. Resaltaba así sus potentes ojos marrones. Anduvimos media hora hasta llegar a un pequeño pub donde yo solía acudir con mis amigos. Nos tomamos una copa, reímos, se unieron unos cuantos amigos míos a la conversación, ella estaba feliz...todo iba perfecto. Se aproximó a mi oreja, la acarició y susurró que estaba cansada por el viaje, que debíamos volver al hotel.

Claro...le dije que sí, le pregunté si prefería coger un taxi para no tener que andar tanto a esas horas de la noche hacía el hotel. Me sonrío con tal delicadeza que soy incapaz de describir...era perfecta.

Y fue entonces...un coche invadió el carril por donde circulábamos nosotros y destrozó el taxi. -Empiezo a sollozar como si no hubiese un mañana- Perdí la conciencia unos segundos, tal vez minutos. Cuando volví en mí, la abracé. Estaba fría, ensangrentada...no puedo sacarme esa imagen de la cabeza. Los latidos que empezaban a acelerarse en aquel pub, habían desaparecido por completo. Ella se había ido.
Toda mi vida acabó en ese mismo instante.

jueves, 15 de octubre de 2015

Un día dura tres otoños

No sé cómo ni por qué, siento mi alma abriéndose, inconscientemente y sin que pueda evitarlo, permitiendo entrar en ella un millar de pensamientos, recuerdos y risas. Y eso sólo significa que lo echo de menos. No quiero estos pensamientos en mí aunque no me desagrada tenerlos. Y sin desearlo me veo sonriendo como una niña pequeña sin motivo aparente y, de repente, algunas lágrimas brotan de mis ojos humedeciéndome las mejillas.

Y es que ya vuelve a ser otoño, un otoño melancólico capaz de describirte mejor que yo; se puede necesitar una gruesa chaqueta al salir de casa o puede hacer un calor abrasador; es totalmente impredecible, como tú, cosa que admiraba.
Maldigo cada metáfora que comparaba contigo, cada bocanada de aire que expulsaba con ilusión para que notases que aún seguía aquí. Y sí, voy a salir a gritar a los cuatro vientos que te extraño.



Sin ti, un día dura tres otoños. 

—日三秋 es una expresión china que se utiliza cuando uno echa de menos a alguien. Se dice que, entonces, un día dura tres otoños.