Hoy, salimos a pasear por
la playa. Me gusta cogerla de la mano, entrelazar mis dedos con los suyos,
recordar que está a mi lado y poder sentir su calor. Notamos como el agua del
mar, todavía fría en mayo, acaricia nuestros pies descalzos y se hunden en la
arena. Ella se acerca más a mí y yo le doy un suave beso en la mejilla. Ella me
devuelve una sonrisa, tiene sus ojos clavados en mí. Adoro su sonrisa, es suave
y alegre. A estas horas de la noche, serán las ocho u ocho y media, no hay
mucha gente por aquí. Especialmente hoy hace frío pero con una fina sudadera se
puede estar bien. No entiendo como la gente prefiere estar encerrada en casa
más que paseando por estos lugares con la arena y el olor del mar. Acerco mi
nariz al cuello de mi chica, lo huelo y le doy un pequeño beso. Suena extraño,
pero es que hoy se ha puesto la colonia que le regale por nuestro primer aniversario.
Noto un pinchazo en la
muñeca izquierda, como si me clavara algo, pero no le doy importancia. Nos
sentamos un poco más lejos del agua, en medio de la nada. Observamos las vistas
de la playa y las luces de la ciudad a la derecha. Ella apoya su cabeza en mi
hombro y yo le acaricio suavemente la mejilla. Levanta su cabeza hacía la mía
para poder besarme, cierro los ojos.
Cuando los vuelvo a abrir
veo mi muñeca y finas gotas rojas que salpican sobre el blanco suelo de mi
baño. Poco a poco pierdo la conciencia. Mi sueño se desvanece. Nunca pude
conocer a mi chica. Estoy en el suelo, veo un gran charco rojo. Lo último en lo
que pienso es en su sonrisa. La recuerdo hasta que mis ojos no pueden más y
todo desaparece.
Ame
demasiado a la nada y ahora muero por su amor.
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