Me sobresalté llorando de la cama. Estuve todo lo que quedaba de noche, refugiada bajo la manta, pensando en mí y en todo lo que había logrado hasta entonces, o, más bien, en lo que no había conseguido, todavía.
Tenía la sensación de quedarme atrás en comparación con el resto del mundo, mientras este se hacía más grande y grande, yo me encogía hasta estar del mismo tamaño que una mísera gota de agua. Pensé, en ese momento, que ni la sal podría curar mis heridas.
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