También sueles abrazarme cuando estas triste. Colocas tu
barbilla en mi hombro y tus labios me rozan el cuello mientras tus brazos me
rodean la cadera y te quedas en silencio durante unos instantes hasta que te
mueves y me besas en la mejilla. Me gusta tu expresión cuando te concentras en tu
trabajo y como duermes profundamente sobre mi regazo. Me enamora hasta la forma
en que dejas las llaves en la mesa evitando hacer ruido para no molestar a
nadie. Sobre todo me gusta como palpas mi espalda por encima de la camisa con
la delicada yema de tus dedos y la forma en que acaricias mi rodilla. Te adoro
cuando te empeñas en leerme una poesía de alguno de tus escritores favoritos a
altas horas de la noche o me explicas con muchas ansias todo lo que has hecho
ese día. Adoro eso porque me gusta escucharte y porque cuando me lo explicas
muestras conmigo una gran sinceridad y confianza.
A veces, cantas desafinando sin que te des cuenta de que yo
estoy allí, escuchándote, y cuando me ves, te sonrojas y rápidamente me animas
a cantar para perder la vergüenza. Lo mejor, es que cuando te sorprendo por
detrás y te agarro de la cintura suavemente, tú acomodas tu mano sobre la mía
mientras mueves el pulgar hacia arriba y hacia abajo, muy lentamente, y acabas
entrelazando tus dedos con los míos.
Después, cuando, aun estando juntas no te puedo tocar, me
sonríes a distancia demostrándome que somos perfectamente perfectibles y que
algún día llegaremos a ser perfectamente perfectas.
—Y es que toda tú estás echa de pequeños
detalles que me enamoran—.
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